– Eso quiere decir que el hermano ha sido ejecutado -tradujo Taran.

– ¿Ejecutado? -Fidelma frunció el entrecejo-. ¿En nombre de qué ley se atreve este hombre a ejecutar a un monje de Iona?

– El monje no era de Iona -fue su respuesta-; era un northumbrio del monasterio de las islas Farne.

La hermana Fidelma se mordió el labio. Sabía que el obispo de Northumbria, Colmán, era también abad de Lindisfarne, y que el monasterio era el centro de la Iglesia de ese reino.

– ¿Y su nombre? ¿Cuál era el nombre de este hermano?, ¿y qué crimen ha cometido?

Wulfric se encogió de hombros de manera elocuente:

– Quizá su madre… y también su dios, supiesen su nombre. Yo lo desconozco.

– ¿En virtud de qué ley ha sido ejecutado? -insistió, haciendo un esfuerzo por contener su ira.

El guerrero, Wulfric, se había movido de manera que su montura estuviese cerca de la joven religiosa, y se inclinó hacia delante en su silla. Ella arrugó la nariz al oler su aliento fétido y observó cómo sus dientes ennegrecidos le sonreían. Sin duda estaba impresionado por el hecho de que, joven y mujer como era, no diese muestras de tener miedo de él ni de sus compañeros. Sus ojos negros parecían cavilar al tiempo que, con las dos manos posadas en el arzón de su silla, dedicaba una sonrisa desdeñosa al cuerpo que se balanceaba.

– De la ley que dice que un hombre que insulta a sus mejores ha de pagar un precio.

– ¿Que insulta a sus mejores?

Wulfric asintió con un gesto.

– Este monje -siguió traduciendo Taran con evidente nerviosismo- llegó al pueblo de Wulfric a mediodía e hizo un alto en su viaje en busca de descanso y hospitalidad. Como sea que Wulfric es un buen cristiano -cabía preguntarse si este iinciso era obra del mismo Wulfric o se trataba simplemente de un añadido del intérprete-, le ofreció alimento y un lugar donde descansar. Y fue durante la comida, en el momento en que el hidromiel corría en la sala reservada para los banquetes, cuando estalló la discusión.



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