
– ¿Una discusión?
– Parece ser que Alhfrith, el rey de Wulfric…
– ¿Alhfrith? -interrumpió Fidelma-. Creía que el rey de Northumbria era Oswio.
– Alhfrith, hijo de Oswio, es reyezuelo de Deira, la provincia meridional de Northumbria en la que nos hallamos.
Fidelma hizo un gesto a Taran para que retomara la traducción.
– El tal Alhfrith se ha acogido a la doctrina de Roma y ha expulsado a un buen número de monjes del monasterio de Ripon por no seguir las enseñanzas y la liturgia romanas. Al parecer, uno de los hombres de Wulfric entabló una discusión con este monje acerca de los méritos de la liturgia de Columba frente a las enseñanzas de Roma. La discusión se tornó en pelea, y la pelea, en cólera. El monje dijo algunas palabras acaloradas que se consideraron insultantes.
La hermana Fidelma dirigió una mirada incrédula al jefe del clan.
– ¿Y por esa razón fue ejecutado este hombre? ¿Por unas simples palabras?
Wulfric, que había estado acariciándose la barba con aire impasible, sonrió y volvió a asentir con la cabeza cuando Taran le transmitió la pregunta.
– Este hombre ha insultado al señor del clan de Frihop. Por eso ha sido ejecutado. Un hombre corriente no debe insultar a otro de noble cuna. La ley lo dice. Y la ley también dicta que este hombre debe permanecer aquí colgado durante todo un ciclo lunar a partir del día de hoy.
La rabia invadió de forma clara el rostro de la joven monja. Aunque no sabía gran cosa de la ley sajona, le parecía descaradamente injusta. Con todo, era lo suficientemente lista como para ser consciente de hasta qué punto debía mostrar su indignación. Tras darse la vuelta, montó de nuevo sin dificultad sobre su caballo y miró al guerrero.
– Sabed, Wulfric, que me hallo de camino a Streoneshalh, donde me reuniré con Oswio, rey de esta tierra de Northumbria; y entonces le informaré de cómo habéis tratado a este siervo de Dios, que se encuentra bajo su protección como rey cristiano de este país.
