
Si la intención de estas palabras había sido la de infundir algún temor en el alma de Wulfric, no lo lograron en absoluto. Éste se limitó a echar hacia atrás la cabeza y soltar una carcajada según eran traducidas.
Los ojos atentos de sor Fidelma no habían dejado de vigilar no sólo a Wulfric, sino también a sus compañeros, que habían presenciado la conversación acariciando sus arcos, dirigiendo ocasionales miradas a su jefe como si pretendieran anticiparse a sus órdenes. Sintió que había llegado la hora de mostrarse prudente. Entonces espoleó a su caballo, seguida por el hermano Taran, ostensiblemente aliviado, y el resto de sus compañeros. Moderó a propósito el paso de su montura: la prisa no haría más que revelar miedo, que era lo último que debía mostrar ante un pendenciero como era sin duda Wulfric.
Para su sorpresa, nadie hizo ademán alguno de detenerla. Wulfric y sus hombres se limitaron a observarlos mientras se alejaban, dejando escapar alguna que otra risa. Momentos después, cuando habían puesto la suficiente distancia entre ellos y la banda de Wulfric, que se había quedado en la encrucijada, Fidelma volvió la cabeza en dirección a Taran:
– No hay duda de que éste es un país pagano muy extraño. Creía que era Oswio quien gobernaba Northumbria de manera pacífica y satisfactoria.
Fue la hermana Gwid la que respondió a Fidelma. Al igual que el hermano Taran, era oriunda de la tierra de los cruthin septentrionales, conocidos por muchos con el nombre de pictos. Conocía las costumbres y la lengua de Northumbria, pues había vivido durante años dentro de sus fronteras como cautiva.
– Aún os quedan muchas cosas que aprender de este lugar salvaje, hermana Fidelma -empezó a decir.
