– ¿Cómo lo sabes? La mujer de Thorensen le había abandonado el año anterior y, en cuanto obtuvo el divorcio, aceptó una oferta de trabajo de cierto agente teatral inglés.

Quiso hacerse cargo de sus tres hijos y matricularlos en internados británicos.

Ella era norteamericana, pero decía que en Inglaterra el sistema educativo era mejor que en su patria.

Sin embargo, Trygve Thorensen no tenía la menor intención de separarse de los niños y decidió quedarse con ellos.

Lamentablemente, tras veinte años de vida semirrural la esposa estaba harta de ser chófer, criada e institutriz de sus hijos, y no vaciló en abandonarlo todo.

Sí, todo: a Trygve, a los chicos y su vida en Ross.

No podía soportarlo más.

En lo que atañía a Dana Thorensen, había llegado la hora del desquite.

Había tratado repetidamente de discutirlo con su marido, pero él nunca la escuchó.

Vivía tan obsesionado con que las cosas funcionasen, que fue ciego a la cólera y la infelicidad de su esposa.

Cuando se fue causó una conmoción en la vecindad, y Page le criticó que hubiera renunciado a los niños, pero al parecer hacía ya mucho tiempo que aguantaba a duras penas.

Luego, los habitantes de Ross quedaron admirados de lo bien que se apañaba Trygve con su prole, de lo mucho que se avenían.

Era escritor especializado en política, y trabajaba en casa.

En sus circunstancias era el arreglo idóneo y, en contraposición a su mujer, nunca se cansaba de sus responsabilidades y obligaciones paternales.

Atendía a los chicos con el buen humor y la afabilidad que le habían hecho popular en el barrio.

Algunas veces admitía que no era un camino de rosas, pero en general salían adelante, e incluso se veía a sus hijos más contentos que en años precedentes.

Thorensen encontraba ratos sueltos para escribir mientras estaban en la escuela y por la noche, después de que se acostaban.



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