Y todas sus referencias indicaban que era un padre magnífico.

– Dormirás en casa de los Thorensen? -preguntó a su hija tras depositar en el cuenco la última hoja de lechuga y secarse las manos.

Todavía no había visto a Brad y quería ir a saludarle, además de vigilar lo que estaba haciendo Andy.

– No.

– Allyson meneó la cabeza, se levantó y tiró a la basura el corazón de la manzana.

Sus líneas estilizadas y flexibles se ondularon al echar hacia atrás la larga trenza rubia-.

Me traerán a casa después del cine.

Mañana Chloe tiene que madrugar, porque va a participar en una exhibición de atletismo.

– ¡En domingo? -preguntó Page con asombro, mientras ambas salían de la cocina.

– Sí…

Bueno, quizá sea un entrenamiento o algo parecido.

– A qué hora te irás? -Hemos quedado a las siete.

Hubo una larga pausa, en la que Allyson clavó sus ojazos castaños en los de su madre.

En el aire flotaba algo que Page no logró adivinar, pero se desvaneció enseguida.

Era un secreto, un pensamiento, una íntima sensación que su hija no quiso compartir.

– ¿Me prestas tu suéter negro, mamá? El de cachemira adornado con perlas? -Se lo había regalado Brad en Navidad.

Era demasiado caluroso, demasiado elegante y caro para una chiquilla de quince años.

A Page no le hizo ninguna gracia la petición-.

Me temo que no.

Estarás de acuerdo en que no es el atuendo más adecuado para ir a Luigi's y al Festival.

– Bien, como quieras.

¿Y el rosa? Eso está mejor.

– ¿Me lo dejas? -Sí, claro.

Cuando se separaron, Allyson hacia su habitación y ella al encuentro de su marido, Page suspiró y movió la cabeza con una mueca pesarosa.

Algunas veces casi podían tocarse los obstáculos y barreras que se interponían entre ambos.

Era como si Brad y ella tuvieran que correr cada día una maratón antes de poder disfrutar de unos momentos de intimidad: “Llévame…



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