déjame…

recógeme…

dame…

Puedo…? ¿Te importaría…? ¿Dónde está mi…? ¿Cómo, cuándo, qué…?".

Al doblar la esquina del pasillo, le vio en el dormitorio.

Algunas veces aún se extasiaba ante él.

Brad Clarke era la perfecta definición del hombre guapo, alto, moreno.

Medía más de un metro ochenta, llevaba el pelo corto y tenía ojos castaño oscuro y hombros atléticos.

Completaban sus encantos unas estrechas caderas, unas piernas largas y un modo de sonreír que siempre había hipnotizado a Page.

Estaba inclinado sobre una maleta abierta en la cama, y cuando su mujer cruzó el umbral enderezó la espalda con una sonrisa espaciosa, prolongada, exclusiva para ella.

– ¿Cómo ha ido el partido? -preguntó Brad.

Ya no asistía a las competiciones de Andy, pues estaba demasiado ocupado.

Con el apretado programa de los niños y su propia agenda, apenas les veía.

– ¡Fenomenal! Y tu hijo ha sido el héroe de la tarde -afirmó Page, poniéndose de puntillas para besarle.

– Eso dice él.

– La mano de Brad se deslizó, sinuosa por la espalda de su mujer y la atrajo hacia sí-.

Te he echado de menos.

– Yo a ti también.

– Page se acurrucó unos instantes en el pecho de él, antes de atravesar la estancia para dejarse caer en una cómoda butaca mientras Brad reanudaba su quehacer.

Normalmente hacía el equipaje los domingos por la tarde y cuando no había más remedio (o sea, con bastante frecuencia) partía en viaje de negocios unas horas más tarde.

Pero a veces, si le sobraba algún rato perdido, preparaba la ropa el sábado para tener más tiempo libre el domingo-.

¿Por qué no enciendes la barbacoa? Fuera hace un tiempo delicioso, y he descongelado unos filetes.

Seremos nosotros dos y Andy.

Allyson ha quedado con Chloe.

– Me gustaría mucho -dijo Brad, y se acercó a su esposa con cara de circunstancias-, pero no he podido reservar plaza para el vuelo de Cleveland de mañana por la noche.



18 из 335