Tengo que viajar hoy, en el avión de las nueve.

Saldré de casa a eso de las siete.

– Page se demudó.

Había pasado toda la tarde ansiosa por verle, por gozar juntos de una velada tranquila, sentados en el jardín a la luz de la luna-.

Lo siento de veras, querida.

– Yo aún más.

– Era obvio que la noticia había entristecido a Page -.

No he dejado de pensar en ti en todo el día.

Sonrió a su marido, que se liabía sentado en el brazo de un sillón.

Intentaba no perder el buen humor, y a estas alturas ya debería haberse acostumbrado a las ausencias de Brad, pero todavía le dolían.

Cada vez le extrañaba más-.

Supongo que un domingo en Cleveland no es precisamente el sueño de tu vida.

Sentía lástima por él.

En la agencia de publicidad donde trabajaba le exigían demasiado.

Pero era la estrella, el hombre que echaba el lazo a los clientes potenciales.

En la empresa era ya legendaria su capacidad de aglutinar clientes nuevos como si fuesen corderitos y, más excepcional aún, de conservarlos.

– Como igualmente estoy atrapado, he pensado que podría jugar al golf con el director de la compañía que tengo que visitar.

Le he llamado hace un rato y me ha citado en su club para mañana.

Por lo menos, anticipar el viaje no será una absoluta pérdida de tiempo.

– Brad besó en los labios a Page, quien notó un sensual hormigueo que conmovía todo su ser-.

Preferiría quedarme contigo y con los chicos -susurró Brad al abrazarse ella a su cuello.

– Me sobran los chicos -dijo Page con voz ronca.

Brad rió.

– Me seduce la idea…

Guárdala hasta el martes por la noche.

Estaré en casa a la hora de acostarnos.

– De acuerdo, el martes te lo recordaré -musitó ella plantándole otro beso, en el instante en que Andy irrumpía como un ariete en la habitación.



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