
– Allie ha dejado las patatas fuera de la bolsa y Lizzie se está dando un atracón.
¡Va a llenar la cocina de vómitos! -Lizzie, su perro labrador, tenía un apetito voraz y un estómago de delicadeza singular-.
¡Ven corriendo, mamá! Se pondrá malísima si dejas que las devore todas.
– Bien, vamos allá.
Page sonrió con resignación y Brad le dio una cariñosa palmada en el trasero cuando se alejó hacia la cocina en pos de Andy.
Tal y como el niño había anunciado, cubría el suelo una alfombra de erujientes pedacitos de patata.
En el momento en que ellos entraron, Lizzie se disponía a engullir las últimas.
– ¡Qué desastres haces, Lizzie! -la regañó Page mientras barría el desaguisado y ansiaba, una vez más, que Brad no se fuera a Cleveland.
Le habría hecho verdadera ilusión pasar unas horas a su lado.
Parecía como si su vida perteneciera a todo el mundo salvo a ellos mismos, y justamente hoy sentía una intensa necesidad de gozar de unos momentos de paz junto a su marido.
Se volvió luego hacia Andrew sin hacer caso a Lizzie, empeñada en lamer los restos de patatas que sujetaba en la mano-.
¿Te gustaría salir de juerga con tu anciana madre? Papá tiene que marcharse a Cleveland, y he pensado que podríamos ir a tomar una pizza.
– También podían comerse la pizza en casa, o los filetes que había descongelado para toda la familia, pero de pronto le horrorizaba quedarse allí sin Brad.
Además, siempre lo pasarían mejor en la calle-.
¿Qué me dices? -¡Será estupendo! -exclamó el niño y, exultante, condujo a Lizzie fuera de la cocina.
Page guardó la ensalada y la carne en la nevera y luego volvió al dormitorio.
Eran las seis y media.
Su esposo había terminado de hacer el equipaje y estaba casi vestido para salir hacia el aeropuerto.
