
Llevaba un conjunto de chaqueta cruzada azul marino y pantalones beige, y se había dejado abierto el cuello de la camisa, también azul, lo que le daba un aspecto juvenil y seductor.
Al mirarle, Page se sintió de repente vieja y cansada.
Brad vivía en el mundo, tomaba iniciativas, trataba a nuevos clientes, cerraba negocios y departía con otros adultos.
Ella, en cambio, no hacía más que planchar camisas y perseguir niños.
Trató de expresarlo con palabras mientras se lavaba la cara y se peinaba.
Brad soltó una risotada al escucharla.
– Sí, claro, tú eres una inútil.
Sólo gobiernas la casa mejor que nadie, cuidas con devoción a nuestros hijos y los del prójimo y, en los ratos libres, pintas murales para la escuela y todos tus conocidos, aconsejas a mis clientes cómo deben decorar el despacho o a las amistades cómo reformar sus hogares.
Y, en el ínterin, aún te ves con ánimos de pintar algún cuadro.
Me avergüenzo de tener una mujer tan abúlica, Page.
Brad estaba bromeando, pero lo que decía era verdad, y Page lo sabía.
Sin embargo, ella lo encontraba tan insignificante como si de veras no desarrollase ninguna actividad.
Quizá se debía a que siempre que ejecutaba alguna obra era por encargo de un amigo, o como favor.
Hacía años que no cobraba por su tarea artística, desde que había finalizado sus estudios en la escuela de arte y trabajado como aprendiz en Broadway.
Estaban ya a años luz los tiempos en que había pintado decorados, diseñado escenografías y, para una producción del off off Broadway, incluso le habían consultado sobre el vestuario.
Ahora se limitaba a disfrazar a sus hijos en Halloween…
o al menos así era como ella lo vivía.
– Créeme -prosiguió Brad tras dejar la maleta en el pasillo y estrecharla de nuevo en sus brazos-, me encantaría cambiarme por ti y no tener que pasar la velada del sábado en el avión de Cleveland.
