
– Lamento haberme quejado -se disculpó Page.
Su vida era más relajada que la de su marido, de eso no había duda.
Si podía vivir tan acomodada era gracias a Brad.
Él trabajaba duro para mantenerles, y siempre salía triunfante.
Los padres de Page habían reunido un buen patrimonio, pero los de Brad no tuvieron ni un centavo hasta el día de su muerte.
Todo cuanto había conseguido se lo ganó él a pulso, sudándolo.
Se había labrado un porvenir peldaño a peldaño, a fuerza de trabajo, de una labor bien hecha.
Un día, probablemente, dirigiría la agencia donde estaba empleado.
Y si no era ésta, llevaría otra.
Era un profesional muy cotizado y admirado, y sus jefes se desvivían por tenerle contento.
Esta noche, por ejemplo, viajaría en primera clase, y en Cleveland se alojaría en el Tower City Plaza.
No podían correr el riesgo de que se hartara de ellos, o quemara sus naves, o que recibiera una oferta más tentadora.
– Volveré el martes por la noche.
Te llamaré más tarde.
Fue hasta las habitaciones de los chicos y besó a Allyson, que parecía toda una mujer con el suéter de cachemira rosa de su madre y un ligero maquillaje.
El suéter en cuestión tenía cuello redondo y manga corta y completaban el arreglo una falda blanca más bien corta y la rubia melena suelta sobre los hombros.
El pelo le llegaba casi hasta la cintura, y caía en una insinuante cascada que enmarcaba su rostro y flotaba como un halo en tomo a su figura.
– ¡¡Caramba! ¿Quién será el afortunado galán? Era imposible no reparar en ella o en su apariencia.
Su belleza era insuperable.
– El padre de Chloe -repuso Allyson con una sonrisa.
– Espero que no se haya aficionado a las jovencitas, porque de lo contrario no te dejaré salir con él.
¡Estás irresistible, princesa mía! ¡ Vamos, papá! -La chica puso los ojos en blanco, violentada pero también complacida porque su padre la veía guapa y le prodigaba piropos.
