Encontrar momentos de intimidad en sus atareadas vidas era toda una hazaña, pero de un modo u otro se las ingeniaban.

Tras dieciséis años de matrimonio y dos hijos en común, ella continuaba muy enamorada.

Tenía cuanto había deseado: un marido al que adoraba y que también la quería, una vida segura, dos hijos estupendos.

Su casa de Ross no era lujosa pero se hallaba situada en un bello entorno y era bonita y confortable.

Además, con su laboriosidad y maña para arreglarlo todo, Page la había convertido en un lugar realmente acogedor.

Aunque sus años en Nueva York como estudiante de arte y aprendiz de interiorismo no le habían servido de mucho, en los últimos tiempos había utilizado su talento para pintar unos preciosos murales, tanto privados como por encargo.

Había realizado uno espectacular en la escuela de Ross, e hizo de su casa un rincón de auténtica belleza.

Sus óleos, los frescos y un particular toque artístico habían transformado un rústico edificio en un hogar que todos admiraban…

y envidiaban.

Era exclusivamente obra de.

Page, y quienquiera que lo viese lo advertía.

El año anterior, como regalo de Navidad para Andy, había pintado un reñidísimo partido de béisbol en una pared de su habitación y a él le entusiasmó.

Para Allyson había recreado un ambiente parisino en la época en que la niña se apasionó por todo lo francés, más tarde reprodujo un cuerpo de bailarinas, inspirado en Degas, y más recientemente, con su mano mágica, había convertido el dormitorio en una piscina.

Incluso había pintado muebles en consonancia con la técnica del trompe-l'oeil.

Su recompensa fue que Allyson y sus amigas calificaron la habitación de nnsuperior", y a Page misma de ncojo…, bueno, aceptable", unas alabanzas de primer orden para provenir de un grupo de quinceañeras.

Allyson cursaba segundo año de instituto.

Siempre que les miraba, Page lamentaba no haber tenido más hijos.



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