
Los había querido desde el principio, pero Brad fue inflexible en su decisión de quedarse con nnuno o dos", preferentemente uno.
Se sintió muy satisfecho al nacer la niña, y dijo que no veía la necesidad de aumentar la familia.
Page tardó siete años en convencerle de tener al segundo.
Fue tras abandonar la ciudad para mudarse a la casa de Ross cuando concibieron a Andy, nnnuestro pequeño milagro", como ella le llamaba.
Fue un bebé nacido en el séptimo mes de ernbarazo, porque Page se cayó de la escalera mientras pintaba en su futuro cuarto un mural de Winnie the Pooh.
La ingresaron en el hospital con una pierna fracturada y el parto se precipitó.
El niño pasó dos meses en incubadora, pero al final resultó una criatura perfecta.
A veces, Page sonreía al recordar la historia, cuán desmirriado era, cuánto habían temido perderlo.
No podía imaginarse a sí misma sobreviviéndole, aunque en el fondo sabía que habría tenido que sobreponerse por Allyson y por Brad.
Sin embargo, su vida no habría sido la misma sin Andy.
– ¿Te apetece un helado? -preguntó en el desvío de Sir Francis Drake.
– ¡Ya lo creo! Andy esbozó una amplia sonrisa y Page soltó una carcajada.
Era imposible no reírse de aquella boca risueña y desdentada.
– ¿Cuándo vas a echar los dientes, Andrew Clarke? Tendremos que comprarte una dentadura postiza.
¡No! -exclamó él sonriente, y emitió un nuevo cloqueo.
Era muy grato estar a solas con él.
Normalmente, después del béisbol Page llevaba en su coche un cargamento de niños, pero hoy había tomado el relevo otra madre, aunque ella asistió igualmente al partido porque lo había prometido.
Allyson pasaba la tarde con sus amigos, Brad estaba jugando al golf, y ahora mismo Page no tenía ningún trabajo pendiente.
Había empezado a proyectar un nuevo mural para la escuela y se había comprometido a estudiar el salón de una amiga; pero ninguna de las dos cosas era apremiante.
