
Andy tomó una bola doble de Rocky Road en un cucurucho con azúcares, espolvoreada de virutas de chocolate, y ella una bola sencilla de yogur helado al aroma de café, una de esas engañosas especialidades dietéticas que te inducen a creer que no cometes un gran pecado.
Permanecieron un rato sentados en la terraza.
El helado de Andy, al derretirse, embadurnó su cara y manchó su uniforme.
Page no se enfadó, pues de todos modos había que lavarlo.
Contemplaron a los viandantes mientras gozaban de la calidez de los últimos rayos del crepúsculo.
Habían tenido un día espléndido, y Page sugirió que el domingo podían comer en el campo.
– Sería fantástico.
Andy puso cara de satisfacción cuando la punta de su nariz se hundió definitivamente en el Rocky Road, con un goteo que se extendió hasta la barbilla.
Page, al contemplarle, se sintió embargada de amor materno.
– Eres un tesoro, clo sabías? Ya sé que no debería decir estas tonterías, pero creo que eres un fuera de serie, Andrew Clarke…
y además un buen jugador de béisbol.
¿Cómo he podido tener tanta suerte? El niño volvió a sonreír, con una sonrisa aún más ancha, y el helado se desparramó por todas partes, incluida la nariz de Page al estamparle un beso.
– Eres un chico encantador.
– Tú tampoco estás mal.
– Andrew desapareció de nuevo en su cucurucho, y al cabo de un momento alzó la vista hacia su madre -.
Mamá? ¿Sí? Page había consumido casi todo el yogur, pero el Rocky Road parecía dispuesto a rezumar y ensuciarlo todo hasta el día del juicio.
En manos de un niño pequeño, los helados siempre se crecen.
– ¿Tendré alguna vez otro hermanito? Page se sorprendió.
No era ésta la clase de pregunta que solían hacer los chicos.
Allyson sí se lo había planteado en varias ocasiones.
