El diamante, como de costumbre, tenía razón; el suelo era sensiblemente húmedo cerca del acantilado, y por la ladera hallaron algunos charcos y balsas, donde las rocas formaban como compuertas de contención. Muy aliviado, Faivonen bebió el primer sorbo desde que había desembarcado, y llenó de nuevo la cantimplora.

Ya estaba de mejor humor, y deseoso de seguir avanzando hacia el frío. Su atavío era otra muestra de la tecnología terrestre que guardaba para usos especiales: una especie de mono de trabajo, de polimeral fino, cuya conductividad termal era extremadamente baja. Era transparente cerca de la radiación infrarroja, de forma que él podía apreciar el calor de un fuego o el de los gemelos Castor C sin tener que quitárselo. Con una especie de máscara antigua podría enfrentarse contra temperaturas muy por debajo del punto de congelación del agua, y también frente a grandes vendavales. Las temperaturas bajas significaban algo más, pero harían falta aún muchos días de viaje para llegar a tal clase de ambiente.

Cuando reanudó su camino por el valle empezó a charlar agradablemente con Beedee.

Caminaba oblicuamente al suelo a fin de que le resultase más fácil andar. La conversación giró casi por entero en torno a lo que observaban. El diamante no se mostraba muy dispuesto a contentar al humano con una conversación banal, sino que en la misma incluía mucha especulación. ¿Cuál era la causa de la elevación de toda la región de rocas sedimentarias como un solo bloque a más de quinientos metros?

Beedee efectuó ciertas mediciones donde pudo, y no encontró más de dos grados de profundidad. ¿Qué había excavado aquella garganta? ¿Un río, un glaciar? ¿Por qué no había el menor rastro ahora? Los valles sin un río central son infrecuentes, excepto en los desiertos, y aun en éstos suele haber cauces secos por donde antes fluía el agua.



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