
Argo empezaba a salir. El disco rojizo, adornado en el borde superior izquierdo por media luna brillante, donde los soles gemelos iluminaban su hemisferio más alejado, proporcionaba un fondo sangriento en el que el recién llegado quedaría contrastado en cualquier momento. Faivonen se preguntó si aquel ser seguía su rastro, o había tropezado con él por casualidad. Tal vez se guiase por el aire de las mareas, pero éstas apenas se habían registrado durante los dos últimos ciclos, enviando solamente una suave brisa a lo largo del valle. La brisa, pues, había cesado casi en las últimas horas, justo al levantarse el planeta de fuego; pero aún así el olor humano podía llegar hasta un olfato bien equipado.
— Se ha detenido. Ahora sólo oigo su respiración murmuró de pronto Beedee.
Faivonen levantó el arco y tensó la cuerda. Algunas alimañas de Medea podían dar saltos de varios metros…
Ésta no lo hizo. Se presentó repentinamente a la vista, por un lado de la espesura, corriendo hacia Faivonen a gran velocidad. Se movía muy de prisa, y la luz era muy pobre para que fuese posible contar sus patas y descubrir otros detalles; pero esta idea no se le ocurrió hasta más tarde. Faivonen tensó más el arco, apuntó hacia la bestia en una fracción de segundo, y disparó. El animal se ladeó ligeramente, tropezó con Faivonen y le hizo perder el equilibrio. Debía tener al menos dos veces la masa del hombre. Faivonen consiguió recuperar rápidamente el equilibrio, soltó el arco y cogió el machete.
— Calma. Aún corre. Tu flecha se ha hundido en su hombro izquierdo, lo has herido, tal vez lo hayas matado.
¿Algún otro detalle?
— Era una especie de lancero, el mayor que he visto. Tenía una rádula… la clase de lengua dentada que todos tienen, y corría con ella fuera. Si no le hubieras acertado con la flecha, la lengua te habría herido en la garganta, y ahora quedaría poco de tu cuello.
