Ya no era de noche, ni siquiera la brillante noche de la aurora y los soles blancos Castor. El viaje había empezado en el equinoccio. Cuatro días medeanos después, los puntos de levante y poniente estaban por delante de los exploradores. Los gemelos Castor C permanecían toda la jornada en el firmamento, y no se pondrían durante las treinta revoluciones de Medea en torno a Argo. Esto, al menos, resolvía la cuestión de si era o no conveniente viajar de noche.

En los días siguientes no hubo más ataques, y el aburrimiento volvió a amenazar con minar la moral del miembro humano del equipo explorador. Al séptimo día experimentó la necesidad de aliviar el aburrimiento.

Beedee, con su exacto sentido visual, había medido la distancia recorrida, trazando el mapa del valle con una exactitud muy superior a la de la raza humana. Se hallaban a la sazón a algo más de quinientos cincuenta kilómetros de la bahía, y también los globos viajaban, como hacían muchos. Los vientos aumentaban de velocidad en ambas direcciones, y cada vez había más organismos en el valle. Los vientos inferiores, cara a la bahía, eran menos intensos y de menor duración que los que soplaban a espaldas de los viajeros, pero a medida que transcurrían los días se adivinaba un cambio.

Beedee — observó Faivonen al terminar de desayunarse el séptimo día —, me hallo cansado de aguardar que suceda algo. Hace dos días me sentía inclinado a animar las cosas, osea a sazonar esta comida de tus conocimientos, apostando contigo una o dos veces. Luego, no se me ocurrió nada digno de apostar. Pero ahora ya lo tengo. Lo malo es que no estoy seguro de que la apuesta sea justa, ya que tú calculas las cosas mucho mejor que yo. Bien, creo que vale la pena probar, si has de decirme la verdad.

— ¿Probar qué? ¿Y por qué no habría de decirte la verdad?

— Lo contrario comportaría unas características humanas, que afirmas no poseer. Lo que deseo probar es una apuesta. Por ejemplo, pensaba en esos globos. El viento los impulsa hacia la cara fría del planeta; una vez allí no creo que puedan hacer nada, aparte de helarse. Podríamos apostar respecto a cuántos globos helados hay en los glaciares que los dos creemos que están a unos centenares de kilómetros de aquí, con los inciertos métodos naturales de escape que no he sido capaz de imaginar.



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