
— No podrás impedirlo si lo exige mi conciencia observó Faivonen.
¿Quieres decir que haces esto para recordarme que controlas todas nuestras acciones? Me parece tonto.
— No había pensado en esto. Gracias.
— Me pregunto si realmente es cierto.
Faivonen no respondió, aunque la última observación del diamante le había sobresaltado de manera considerable. Calló y recogió su equipo para la reanudación del viaje. Los soles daban vueltas en el horizonte, ocultándose primero tras unos acantilados y después tras otros.
Unas noventa horas mas tarde el recorrido volvió a animarse, sin necesidad de apuestas. Sobre un espacio de unos dos kilómetros, el suelo duro del valle se humedeció, después se mostró mojado, y finalmente quedó cubierto con una capa de escarcha. El primer pensamiento del hombre fue un enfriamiento de la radiación, aunque no había habido verdadera noche. Luego, observó que la escarcha se extendía por igual en ambos lados del valle, incluso ascendiendo por las paredes, como si algo hubiese descendido por allí, enfriándolo todo, para volver a retirarse. El hecho de que los cristales de escarcha fuesen tan profundos en la parte inferior de los ramajes y sobre las rocas, implicaba lo mismo: que todo se había enfriado por un proceso distinto de una radiación.
— Esto es bueno aprobó Faivonen —. ¿Alguna idea?
— Claro contestó Beedee. Esto estrecha mi serie de soluciones posibles en más del noventa y cinco por ciento.
— ¿Y dónde deja a mi apuesta?
Vas muy adelantado. Te hallas cincuenta veces más en peligro de lo que yo había calculado.
¿De veras? ¿Te refieres a que debemos regresar ahora mismo?
— Debería darte un consejo. En realidad, mi cálculo sigue siendo muy incierto en vista de las incógnitas que nos aguardan en fisiografía. Si quieres correr el riesgo de aprender más hechos interesantes, yo también.
¿Pero qué produce esta escarcha? ¿Y por qué tarda tanto en fundirse, incluso con el brillo de los soles?
