
Está bien asintió finalmente. Yo mismo buscaré la solución. Vámonos.
Beedee aprobó esta decisión.
Los soles iban fundiendo lentamente la escarcha de las ramas y de las hojas de los arbustos, pero esta fusión era más lenta todavía en la capa que recubría el suelo y las rocas. Era probable que esta última capa se hubiera helado a considerable profundidad, lo que a su vez sugería una pérdida de calor más conductivo que radiactivo. Faivonen, por el momento, no podía figurarse nada más. El único cambio observado en diez kilómetros de camino era una escarcha más espesa, con señales de nieve, montones de cristales que aparentemente habían sido enviadas a zonas abrigadas por los vientos que recorrían el valle, y luego, de manera extraña, habían producido cristales de escarcha encima. Según Beedee la distinción entre el material procedente de alguna parte y la que se había formado en el sitio era bien definida, cosa que el mismo Faivonen podía ver con claridad.
No veía, en cambio, la situación física que producía tal fenómeno. No había habido nubes en muchos kilómetros de firmamento, y era difícil comprender cómo había podido caer nieve sin nubes. Por otra parte, era difícil comprender cómo podía existir suficiente radiación de enfriamiento si había nubes. Una breve nevada, posiblemente, seguida por un despeje rápido del cielo, explicaría por qué él y Beedee no habían reparado en la pequeña nevada. Este fenómeno habría formado parte de un sistema de exploración: un frente climático; y el por qué tal cosa podía haberse adelantado o retrocedido, o extinguirse dentro del radio de unos pocos kilómetros del último campamento, era también muy difícil de entender. No había habido una sola nube; lo único que ambos viajeros habían visto en el cielo, desde que los soles ya no se ponían, eran los globos.
