La subida costó unos cuantos minutos. Las numerosas rocas salientes que servían de peldaños estaban desgastadas, seguramente por el polvo o la arena acarreada por el viento, pero se hallaban encajadas con tanta firmeza que no ofrecían peligro alguno.

Crujiendo los cristales de escarcha bajo sus pies, Faivonen emprendió la ascensión en zigzag sobre la roca desnuda. Desde aquel sitio logró seguir por un repecho de arenisca erosionada, que se dirigía directamente a la chimenea.

El examen fue breve; la grieta estaba casi sólidamente rellena por la escarcha.

No hay enfriamiento de radiación — afirmó Faivonen categóricamente.

De acuerdo asintió Beedee.

Ya sabes qué lo hizo — era una declaración, no una pregunta. Creo que tengo una solución única para este aspecto del problema.

Y yo debería ser capaz de encontrar la misma. Sí. Posees ya todos los datos.

Faivonen meditó profundamente mientras descendía al valle, pero no halló ninguna solución, ni única ni siquiera válida. Finalmente, le obligó a olvidarse del problema el creciente apetito que tenía.

¿Viste algunos animales mientras estábamos allí arriba? — le preguntó al diamante.

Ninguno, nada que se moviera por el valle. No lo mencioné porque dijiste que avanzarías al menos otros diez kilómetros por el valle.

Gracias. ¿Cuáles crees que son las probabilidades de hallar animales en esta zona helada?

No poseo información para formular un cálculo aproximado.

¿Podrían sobrevivir esos animales en las condiciones que tú juzgas fueron la causa de la helada?

No, al menos por medio de ninguna maquinaria fisiológica entre las encontradas.

Técnicas como la hibernación entrañarían factores bioquímicos poco claros para un examen algo burdo, claro.



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