— ¡Elisha!. ¡Corre al acantilado y sube deprisa!. ¡No pierdas tiempo Siendo humano, Faivonen perdió algún tiempo. Buscó el equipo que había dejado por el suelo, lo cual le costó un par de segundos. Mientras corría hacia el lado más próximo del valle, anudándose aún todo el equipo, miró hacia el valle y perdió unos segundos más.

A unos kilómetros de distancia (no pudo calcularlo con exactitud) una nube blanca bastante difusa se acercaba a ellos. Iba extendiéndose por toda la anchura del valle.

Su superficie superior estaba bien definida, pero el hombre pudo mirar hasta muy lejos por la parte inferior. Su altura en aproximadamente la mitad de la de los acantilados.

Desde el suelo no pudo calcular su velocidad, pero tuvo la fuerte impresión de que se acercaba rápidamente. La opinión de Beedee era que se trataba de algo peligroso, opinión seguramente acertada, y Faivonen aceleró la carrera.

Estaba ya a corta distancia del sitio donde los guijarros le obligaron a acortar la marcha. Poco después, llegó a una altura desde la que pudo juzgar la distancia y la velocidad de aquella amenaza. La información recibida no resultó alentadora. Faivonen comprendió que tenía muy pocas posibilidades de situarse por encima de la nube antes de que le alcanzase, pero no pensó ni un instante en rendirse y perder el tiempo intentando saber si la nube era inofensiva o no.

Los detalles se fueron aclarando cuando la nube estuvo más cerca y él hubo trepado más arriba. Recordó haber visto algo semejante en un museo de la Tierra, en un tanque de demostraciones, en donde dos líquidos repelentes entre sí se agitaban arriba y abajo. Recordó cómo se arrastraba el fluido más denso por el fondo del tanque cuando éste se inclinó lentamente, y cómo el material más ligero se vio proyectado hacia arriba y a un lado.



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