Algunos hechos ya habían quedado comprobados antes de que zarpase la embarcación. Había animales que podían servir de alimento, y multitud de plantas cuya savia servía para el cultivo de los «quesos». Se trataba de la mezcla de bacterias engendradoras de genes que producían media docena de aminoácidos, necesarios para los seres humanos e inexistentes en los medios vitales de Medea. Era uno de los pocos productos de la avanzada tecnología terrestre que los colonizadores habían conservado. No deseaban depender de nada que tuviese que ser sustituido desde la Tierra, pero en esto apenas habían tenido elección. Las plantas terrestres todavía luchaban por acomodarse al satélite, y hasta que creciesen verdaderas cosechas, la gente tendría que alimentarse con la comida nativa y el «queso».

Faivonen caminó pegado al lado izquierdo del valle mientras se alejaba de la bahía. De este modo obtendría mejor luz cuando los soles se elevasen un poco más. Tenía que examinarlo todo: las plantas, los animales, el suelo, las rocas, los vientos, el clima. El viento había soplado en la costa y en el valle días antes de que el Fahaniu anclase en la bahía. Era ésta otra peculiaridad por explicar, aunque la explicación podía ser tan trivial como solía serlo la del clima local. Beedee había manifestado un interés especial, y le pedía constantemente a Faivonen que se mantuviese lo más alto posible para que sus delicados sentidos pudieran registrar las corrientes atmosféricas con un mínimo de perturbación.

Faivonen no presentó ninguna objeción, como de costumbre. El diamante negro sólo pesaba tres cuartos de kilo, una fracción pequeñísima en comparación con el equipo que transportaba.



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