Tenía el arco inclinado, y una flecha saltó antes de que el diamante terminase de hablar. En silencio, evitando el ruido que ahuyentaría a la presa, Faivonen avanzó hacia el arbusto. Todavía se hallaba a una docena de metros de distancia, cuando un animal del tamaño de una ternera, con seis patas, saltó al aire, dispuesto a huir. Faivonen le clavó una flecha en el lomo, entre el primero y el segundo par de patas. Si era como los animales que ya conocía en el ecuador, no poseía un corazón centralizado, sino una aorta mayor que corría por su cuerpo por debajo del espinazo.

Cortar el vaso sanguíneo o el nervio principal resultaría igual de eficaz. Lo demostró la caída del animal cuando efectuó su segundo salto.

Faivonen ejecutó una combinación de carnicería y disección anatómica, mientras Beedee anotaba los datos. Luego, recogió combustible, formó una hoguera con pirita y acero y cocinó la comida. No le gustó demasiado; ni la carne de Medea ni el «queso» eran especialmente sabrosos, pero el hambre no reparaba en tales minucias.

Cortó un par de kilos de carne en tiras para sus próximas comidas, extrajo los trozos restantes de «queso» maduro del tanque incubador y los metió en la cámara almacén; llenó de nuevo el tanque con la savia de las plantas cheddar que ya había reconocido, y reemprendió el viaje, después de preguntarle a Beedee si su batería debía recargarse.

— Oh, no, todavía funciona… Oh, eres muy gracioso… Perdóname.

Ya había sucedido antes. Los procesos calculadores del diamante, si así podía llamársele, actuaban a velocidad electrónica; y por eso sabia que él bromeaba antes aún de que terminase de pronunciar la primera palabra. Sin embargo, había imitado un toma y daca humano, de acuerdo con su humor. Faivonen ignoraba si el diamante sentía algo que correspondiera a la extraña sensación con que el sistema nervioso humano responde a la incongruencia. Si lo sentía o no era otra cuestión a dilucidar.



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