
Cuando los mellizos Castor C se hallaban a mitad de su carrera hacia la posición de mediodía, unos grados por encima del horizonte sur, Faivonen ya estaba cansado. La verdad era que, no obstante las frecuentes pausas para examinar los datos biológicos o geológicos, habían avanzado más de treinta kilómetros desde la costa. Descansó y comió de nuevo, y luego se metió en su saco de dormir. Sabia que su propio reloj biológico nunca concordaba con las setenta y cinco horas que duraba la rotación de Medea, pero el dormir era tan necesario como la comida. Se colocó los anteojos y se relajó. Beedee vigilaría. Era casi imposible que se acercase algo sin que lo registrase el supersensible sentido del diamante. Podía ser necesario un centinela, pues aunque las alimañas de Medea tal vez no gustasen del alimento humano, nadie lo sabía con certeza.
Esta vez, Faivonen tuvo suerte y no se despertó hasta que lo llamó la voz insistente de Beedee.
— Ocho horas, holgazán — le gritó al oído.
Faivonen se incorporó, se quitó los anteojos y miró a su alrededor. Los soles estaban casi en el sur, justo encima del punto donde Argo había desaparecido. Dos globos flotaban a unos cien metros más arriba. Beedee tal vez no los hubiese oído, pues siempre parecían volar con el viento; pero no importaba. Nadie sabía gran cosa al respecto. Faivonen ni siquiera estaba seguro de que fuesen comestibles; tal vez sólo fuesen un poco de tejido que no valiese la pena cazar; pero, eso sí, eran totalmente inofensivos. Por el momento, no parecían moverse en absoluto, lo cual resultaba interesante.
— Sullivan opina que el viento se torna más débil a cada ciclo — observó Faivonen. Y por lo visto tiene razón.
— Sí — asintió el diamante —. Existía una buena oportunidad de que así fuese cuando lo dijo, pero hay demasiadas variantes desconocidas para una auténtica comprobación.
Ah, empiezo a sospechar que algunas de esas variantes son culpa de la forma de este valle. Tendríamos que ir mucho más tierra adentro para asegurarnos.
