
— Demasiada tierra adentro comporta que Argo no se levante en absoluto. No quiero llegar hasta la Cara Fría — refutó Faivonen —. Tampoco te gustaría a ti. Es posible que allí haya mucho que aprender, pero sin tu poder no aprenderíamos nada.
— Podrías colocarme una batería. Se me ocurren varias maneras de aprovechar su fuerza, incluso a muy bajas temperaturas.
— El frío es muy intenso, y a ti te gusta tan poco dejar de funcionar como a mí morirme, aunque sea posible volver a ponerte en marcha de nuevo.
— Lo sé. Pero odio perder alguna información. Sin embargo, creo que me gustaría correr el albur; y tú, Sullivan y otras personas siempre decís que el peligro es la salsa de la existencia.
— Creo que decimos «la vida», no la existencia. Y decimos peligro, claro, no suicidio.
— Olvídalo, Beedee; quédate conmigo y nos detendremos muy lejos del frío, aunque este valle desemboque directamente en él. Imagina todo lo que quieras o puedas de estas rocas, de este clima y de la vida de estos contornos, y ya será suficiente.
— Nunca es suficiente. Yo puedo calcular, pero he de comprobar si tengo razón. Y tú deberías tener esto en cuenta. Tu esposa siempre lo hacía.
El silencio de Faivonen fue largo. Un ser humano se habría mostrado cohibido ante aquel paso en falso, pero Beedee no cometía tales equivocaciones. Debía de haber una buena razón, muy buena.
El hombre sabía que probablemente no la adivinaría. La docena de diamantes negros que había traído la expedición Tamniuz no había celado su composición, aunque tal conocimiento no les sirvió de nada a los ingenieros humanos, toda vez que era imposible fabricar uno de los componentes con las técnicas que poseían.
Eran exactamente lo que parecían: diamantes, estructuras de carbono con átomos sustitutivos y cristales defectuosos, construidos deliberadamente en sus entramados de forma que parecieran las operaciones de la humanidad con fichas de sílice como las fichas de circuito se parecían a los cuchillos de pedernal.
