Unas mil doscientas unidades celulares del entramado del diamante componían una sola unidad de estructura básica de los artefactos. Un cálculo mucho menos exacto, normalmente decía cinco mil unidades, poseían la capacidad de tomar decisiones y recordar cosas de una sola célula del cerebro humanó.

Aquellas cosas (Beedee era típico, aunque no había dos idénticas) eran como si alguien hubiese fabricado un cilindro de cristal negro, un poco mayor de seis centímetros de radio y diez de longitud, encajando los extremos con hemisferios del mismo material, y haberlos dividido para formar dos unidades. Con este volumen, un poco más de doscientos mililitros, poseían aproximadamente la capacidad de doscientos millones de células de los cerebros humanos. Algunas personas las tenían, si bien había habido una fuerte demanda (para destruirlas tal vez o enviarlas a la Tierra), por parte de algunos de los habitantes más paranoicos del planeta. No había sido ciertamente la alta estima de los derechos de la propiedad privada, característica de la cultura de aquella época, lo que le había permitido a Beedee venir a Castor.

Faivonen, por su parte, no estaba más asustado de aquella cosa de lo que había estado su esposa, pero estaba seguro de que podía pensar muchas veces más deprisa y con mayor precisión e infinitas variantes que cualquier ser humano. Había sido uno de los compañeros de Beedee, uno de los diamantes como él, quien había demostrado que el ajedrez era algo tan trivial como el más simple y aburrido de los juegos.

Algunas personas no lo habían olvidado.

Faivonen no recordaba todo esto conscientemente. Sólo se preguntó por que Beedee había mencionado a Ruta sabiendo que él sufriría; después, supuso que nunca obtendría la respuesta, y reanudó su labor. Guisó y volvió a comer, cargó su equipo y hasta que no llevaban algún tiempo caminando no volvió a hablar con su computadoragrabadora.



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