
Por la mañana Teddy rechazó el equipo habitual para atender la clase y estuvo corno espectador durante la instrucción. Después se encontró con su padre, al que acompañó por toda la base para enseñarle las instalaciones. Ninguno de los dos mencionó el asunto que se agitaba en sus mentes. Estuvieron contemplando una clase de manejo del pasador náutico. El viejo dijo que deseaba ver la flota pesquera de atún -la había visto en la televisión- y así lo hicieron. Volvieron después a la base para un lunch en «La Cantina», servicio de rancho con decoración latina.
A Teddy no le pasaba inadvertido que su padre estaba orgulloso de él; y se mostraba de acuerdo. Cada vez que pasaban al lado de gente conocida de Teddy, éste les hablaba con voz de mando y cuando habían pasado, seguía dirigiéndose a su padre en el tono deferente adecuado.
¿Por qué no había de estar Costa orgulloso de su hijo? Físicamente, Teddy era perfecto; combinaba de un modo inexplicable la reciedumbre y fortaleza de su padre con la delicadeza de su madre. No daba la impresión de ser alto, fuerte y musculoso, aunque era esas tres cosas. Teddy se mantenía en perfecta forma con el ejercicio diario. Y tenía un aspecto formidable con su uniforme de la Marina azul.
Pero su atractivo auténtico no residía en su apariencia, o su nariz fina, o sus ojos profundos o la curva de su frente bajo los rizos mediterráneos. Estaba en la impresión que daba de ser un hombre capaz de manejar cualquier situación. Esto era lo que lo hacía irresistible ante cualquier mujer que se decidiera a cortejar.
Esto era también lo que Costa tenía, esa misma seguridad. Teddy recordaba un incidente de su infancia. Había salido en la embarcación de su padre y una tempestad repentina levantó una mar gruesa. Los marineros de la tripulación griega, algunos de los cuales no sabían nadar, se inquietaron. Costa dijo:
– Recordad que estáis conmigo.
Hasta el mar se había calmado. Teddy tenía solamente diez años, pero nunca olvidó ese día ni las palabras de Costa:
