– Recordad que estáis conmigo.

– Esta noche, papá -preguntó cuando habían pasado otra hora observando ejercicios- ¿podremos…?

– Esta noche yo te invito a cenar.

– Entonces es mejor que la llame en seguida -dijo Teddy-. Está esperando que le dé las instrucciones para hoy. Es una buena chica, papá.

– Esta noche, sólo tú y yo, hemos de hablar.

– Pero, papá, ella está tan ansiosa por conocerte.

– Ya llegará el momento -dijo Costa-. La noche pasada rogué a Dios para que me ayudara a entender la situación. Hoy rezaré otra vez. Pero primero quiero hablar contigo. Todavía no hemos hablado.

– Muy bien -dijo Teddy. Señaló una cabina telefónica-. Dispénsame.

Ella no estaba en casa.

– Me ha encargado te dijera que regresaría dentro de veinte minutos -le dijo a Teddy la compañera de su cuarto. Y añadió-: Parece un poco preocupada.

– Está muy preocupada -dijo Teddy a su padre-. Se ha puesto a llorar al teléfono.

– ¿Por qué?, hijo mío… ¿Cuál es el problema?

– Ella no comprende por qué no quieres conocerla. «¿Es que algo no está bien?», me preguntaba una y otra vez. Significa tanto para ella tu opinión…

– Bueno, en este caso, qué demonios, la llevamos con nosotros esta noche.

– Démosle oportunidad de que se tranquilice un poco, y la llamaré otra vez por teléfono. ¿Tomamos una taza de café?

– Café no. Te invito a un trago. En alguna parte por aquí cerca debe de haber un bar.

– ¿Qué es lo que quieres decir, en alguna parte? ¡Esta es una Marina moderna, papá! Iremos al «Ship's Bell», aquí mismo en la base.

Estaba lleno de marineros que habían comenzado temprano a ingerir su cerveza. Su comandante en jefe había dejado el servicio aquella mañana, pero a sus hombres no parecía importarles y los pocos que comentaban el acontecimiento lo hacían sin ningún sentido de pérdida, incluso con cieña frivolidad.



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