
– Eres mi único hijo. Yo nunca lo olvido. Espero que tú tampoco.
– ¿Cómo podría olvidarlo, papá, mientras tú estés por ahí? ¿Te parece bien que ahora la llame y le diga que la recogeremos para ir a cenar?
– ¿Por qué no? -aprobó Costa-. ¿Por qué crees que he venido hasta aquí? No tengo mucho tiempo. Tu madre, pobrecilla, está totalmente sola en la tienda.
Teddy tuvo que esperar que su novia viniera al teléfono. En el muro, junto a la cabina, había un antiguo póster de una bonita joven. Junto a ella la frase: «Eh… quisiera ser un hombre. Me enrolaría en la Marina.»
– Lo he puesto de muy buen humor -dijo Teddy a su novia-. ¿Sabes? También él está un poco nervioso… ¿Por qué? Por conocerte… ¡De verdad! Dime qué vas a ponerte.
Ella le comunicó las posibilidades.
– Lleva el azul -dijo Teddy- con manga larga.
A la caída de la tarde, los dos Avaliotis se dirigieron en auto hacia el distrito suburbano en donde ella vivía en una gran casa con seis chicas más. El salón, de viejo estilo, casi no tenía mobiliario. Por el piso había esparcidos grandes cojines y almohadones y las chicas y sus amigos estaban recostados en ellos.
A Costa no le gustó el aspecto de ese lugar, ni los que en él estaban. Ninguna de las chicas se levantó para ofrecerle un café o un vaso de agua fría. El tocadiscos de alta fidelidad dejó caer otro disco en el eje, tan estruendoso como el anterior.
– La mayoría son enfermeras -dijo Teddy.
Costa, a pesar de ello, no se impresionó.
Ella apareció entonces, bajando la escalera, vestida de azul y llevando sus mejores pendientes de turquesa que hacían juego con sus ojos. Su cabello, recién lavado, era de una belleza poco común, y de tono dorado.
Un tanto a favor de ella. A Costa el azul le inspiraba confianza. Era el color celestial, el color de la Hélade, el color de la pureza femenina, el color que usan los bebés del sexo masculino.
Ella besó a Teddy, y después, ruborizándose, le estrechó la mano a Costa. La mano de ella era frágil, de pequeña estructura ósea.
