La primera era de su padre, un capitán, a juzgar por su traje y su postura, al timón de un pesquero de esponjas: el Eleni. A su lado se hallaba su hijo, el propio Costa, en pleno apogeo a sus veinticuatro años. Todo el cuerpo de Costa, con excepción de la cabeza, estaba cubierto por un traje de buceo. En el ángulo formado por su brazo derecho doblado, sostenía, como un antiguo guerrero, el casco que suelen utilizar los buceadores. El interés mutuo, la interdependencia de padre e hijo, era completa. Detrás de ellos, tendidas para el secado, había largas ristras de esponjas; una pesca extraordinaria. Costa recordaba aquel día.

Junto a esta fotografía, otra representaba la misma escena veinticinco años después. El viejo capitán Theo había desaparecido, y Costa estaba de pie junto al timón en su lugar. A su lado había un chico de doce años, Teddy. El brazo de Costa rodeaba los hombros del muchacho, pero la historia era diferente, el espíritu no era el mismo. Dos semanas después de haber sido hecha esta fotografía, Costa vendió el Eleni. La marea roja no le dio ninguna alternativa.

Para algunos hombres el pedir ayuda es una indignidad, aunque sea a los muertos. Costa, de pie frente a esas fotografías, se parecía más a un combatiente que a un suplicante. Con los pies bien plantados como los de un boxeador, encogía los hombros y hundía la cabeza. Pero el hecho real era que Costa escudriñaba en el rostro de su padre. Y lo que recordaba era lo que él mismo había repetido con tanta frecuencia:

– Mi padre siempre sabe lo que está bien.

Sumergido en una especie de ensueño, siguió de pie frente a esos monumentos de su pasado, esperando una señal.

Costa no era un hombre alto, pero tenía amplios y musculosos hombros, desarrollados a causa de su oficio. Ahora, aunque más redondos y más suaves, conservaban todavía bastante de su antigua potencia. Sus caderas estaban precisamente en la mitad de su altura, reduciéndose en esa parte a la mitad la anchura de su cuerpo. Costa llevaba los pantalones muy bajos.



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