Se levanta. Es preciso decidirse. No debe dejarse influir por una presencia que, durante años y años, viene formando parte de las cosas que se olvidan.

Recuerda con alivio que Germán flaquea en la vista, y se tranquiliza pensando: «Pasaré junto al mostrador sin ser reconocida. Debo evitar volver la cara hacia él.» Se decide. Camina hacia la puerta con la rígida firmeza de los inseguros. Cruza el umbral, tal como se ha pro-puesto: indiferente. No repara en el mostrador de vuelos nacionales, no lo mira. Adivina un grupo de gente apiñada junto a él, pero no se fija en las personas que lo forman.

Tiene la mirada pendiente de las puertas electrónicas de enfrente. El vestíbulo es largo y, aunque su paso es rápido, la salida se le antoja lejana.

Altiva y desligada de todos, piensa que también los demás se desligan de ella. Eso le in-funde ánimo y la ayuda a avanzar.

Al llegar al exterior, tiene la impresión de haber salvado un obstáculo: respira sosegada. El viento agita el pañuelo que le cubre la cabeza y se mete a grumos en sus pulmones. Es un viento cálido, lleno de humedad.

– ¿Taxi, señora?

Marina asiente. El taxista señala un coche cercano. Marina avanza. De pronto se detiene. Una mano firme roza su brazo.

– No puedo creerlo… Pero ¡si eres tú! Dios Santo, ¿quién tenía que decirlo?

Y, al volverse, comprende que de nadie le ha servido evitar el encuentro. Germán está frente a ella, rotundo, escueto, indiscutiblemente real. Apenas ha cambiado. Tal vez algo más grueso… El pelo casi blanco… Pero la voz es idéntica.

Marina pronuncia su nombre como si tuviera tierra en la boca. Hay algo oxidado en ese nombre. Algo que le impide silabearlo con la fluidez de antaño.



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