
«¿Por qué me he sentado entonces?» A veces las cosas se hacen sin motivo alguno; a im-pulsos del ambiente.
La lluvia, tras los cristales, sigue cayendo implacable. Acaso la lluvia esté influyendo. Acaso ha sido ella la causante de su pequeña debilidad. Rápidamente se hace una compo-sición de lugar. Analiza los hechos fríamente. En algún punto no muy lejano, Germán de Al-cántara probablemente departe con alguien, acaso solicite algún pasaje. Sabe (porque lo han dicho los altavoces) que acaba de llegar de Roma y también que en la oficina de vuelos nacio-nales reclaman su presencia. «Tal vez intente regresar urgentemente a Madrid…» Sin duda la muerte de Bruna lo ha obligado a suspender su viaje por el extranjero.
Marina recuerda que la oficina en cuestión se alza junto a la puerta de la sala de espera, precisamente donde ella se encuentra. Y se dice que es conveniente aguardar. No precipi-tarse.
Intuye que si abandona la sala el encuentro con ese hombre es inevitable, pero también sabe que, de un momento a otro, Germán puede entrar en ella para embarcarse rumbo a Ma-drid.
Se tranquiliza: «No me reconocerá.» Los años transcurridos son buenos camuflajes para pasar inadvertida. El cambio es inevitable. Todo se transforma. Tampoco las pistas de aterri-zaje se parecen a las que ella dejó cuando se fue a Madrid hace ya tres días. Existe un mundo de diferencia entre un aeropuerto soleado y un aeropuerto inundado de lluvia. Nada importa que sea primavera. El tiempo puede modificar incluso la lógica de las estaciones. Sin embar-go, nadie puede discutirle a la primavera su presencia actual. Es algo inevitable que se impo-ne a pesar del viento y de la lluvia. Se percibe en cualquier detalle: en la indumentaria de la gente, en el alegre columbrar de los viajeros, en la activa fluidez de la sangre… Sobre todo en eso: en la rápida circulación de la sangre. Marina percibe esa rapidez en las sienes, en las ve-nas del cuello y en el pecho. Y se dice que es absurdo que la primavera juegue con esos lati-dos cuando el cuerpo que los padece pertenece al invierno.
