– Mi equipaje no llega -dice sonriendo.

El empleado la mira con aires de persona infalible:

– No se preocupe; ya llegará.

Aguarda unos instantes, serena, todavía confiada. De pronto el rotativo cesa.

– No ha llegado -dice Marina.

El empleado cambia de expresión. Pone cara de fastidio.

– Vaya usted a reclamaciones: yo no puedo hacer nada.

La frase del empleado descorazona, desequilibra el ánimo y salpica de malestar el viaje que Marina acaba de hacer.

También insufla una actividad con la que ella no había contado. Es como si un camino de hormigas, bien organizado, se viera de pronto trastocado por la torpe pisada del hombre.

Comienza la revisión de equipajes. Interviene la policía. Surgen preguntas obvias: «¿Nú-mero de vuelo? ¿Carnet de Identidad?» Luego las disculpas: un variado repertorio de discul-pas: «Insólito, increíble… Una simple maleta y perdida…»

Marina se ve rodeada de personal, atendida, llevada y traída; tiene la impresión de ser ella la única pasajera del aeropuerto. Escucha frases inconexas: «Madrid no acusa registro…» «Madrid asegura…» «Barcelona no se hace responsable…» La trasladan a la sala de espera. Señalan el mostrador del bar:

– Pida usted lo que guste: la Compañía invita.

– Pero la maleta…

– Un momento de paciencia, señora; no puede perderse. Hemos vuelto a ponernos al habla con Madrid.

Intentan tranquilizarla, inventan mil suposiciones, le sirven café. Marina piensa: «Mejor hubiera sido pedir tila.»

La azafata que la acompaña no cesa de hablar. Explica infinidad de casos como el suyo.

– Todas aparecieron. Jamás se ha perdido nada.

La musiquilla, que pretende templar los nervios, se vuelve inquieta, se mezcla a los susurros, a las pisadas y al constante tintineo de vasos y tazas que arranca del mostrador.

Hay un continuo ir y venir de camareros, de gentes que viajan, de niños que juegan a volar.



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