Marina se siente culpable. No sabe de qué. Sospecha que el trastorno se debe exclusiva-mente a un fallo suyo. La tranquilizan. Alguien le anuncia:

– Acaban de comunicarnos que su maletín se ha quedado en Madrid. Un descuido im-perdonable. Lo remitirán sin falta en el próximo vuelo. Nosotros mismos nos encargaremos de enviarlo a domicilio.

Suspiros de alivio. Caras sonrientes.

– No podía ser de otro modo.

Marina se levanta: radiante, contenta, agradecida.

Se despide de todas las caras que, durante un buen rato, han pendido de la suya.

Mira en torno, no sabe por qué: otro reflejo condicionado. Se dispone a salir, pero se queda.

Sin ninguna razón se da una tregua a sí misma. Una tregua inconcreta, como si de ante-mano supiera lo que va a ocurrir.

Piensa: «Debo irme.» Pero no se va.

Contempla su taza de café (ya vacía), las sillas circundantes (casi todas llenas); el pavi-mento, salpicado de colillas y de papeles…

La musiquilla del altavoz se detiene. Un segundo. Es un silencio corto que abarca un mundo de premoniciones.

De pronto una extraña lucidez le aclara ese cúmulo de pequeños acontecimientos que la han mantenido inquieta.

Mira el altavoz. No puede dejar de mirarlo. Es más fuerte que ella.

Y escucha, no sólo con los oídos, sino con todo el cuerpo, lo que el altavoz está dicien-do:

– Se ruega al pasajero de Roma don Germán dé Alcántara que tenga la bondad de pasar por las oficinas de vuelos nacionales.

Y todo, hasta la muerte de Bruna, deja de tener importancia.


2


Se deja caer de nuevo en la silla. Piensa: «Debo salir de aquí inmediatamente.» Pero teme que su actitud signifique una huida. Ella no tiene por qué huir de nada ni de nadie.

Tampoco siente miedo. El miedo suele regirse por ciertos destellos de esperanza y Mari-na ha traspasado ya la edad de las esperanzas humanas. ¿Curiosidad? «Nunca fui curiosa…» La curiosidad se anquilosa a fuerza de andar reteniéndola.



8 из 170