
Pensó: Nuestra pequeña familia feliz en una mañana de domingo. ¿Y no era eso una cosa asombrosa? Ella tenía una pequeña familia feliz -una casa, un hombre absurdamente hermoso y fascinante que la amaba, -y sin ser exagerada- realmente buen sexo.
Por no mencionar el día libre.
Ronroneó casi con tanto entusiasmo como el gato, y acarició la curva del cuello de Roarke.
– Bien -dijo ella-.
– Por lo menos.- Sus brazos la abrazaron, un abrazo agradablemente tierno. -¿Y qué te gustaría hacer ahora?
Ella sonrió, amando el momento, la cadencia de Irlanda en su voz, el roce de la piel del gato contra el brazo cuando la embistió con la cabeza en un intento por llamar la atención.
O más probable, por el desayuno.
– Casi nada-.
– Nada puede ser arreglado.-
Sintió moverse a Roarke, y oyó aumentar el ronroneo del gato, cuando las manos que recientemente le habían dado placer a ella lo rascaron.
Ella se apoyó para mirarle la cara. Sus ojos se abrieron.
Dios, eso la mató, aquellos ojos azules, brillantes, de oscuras y espesas pestañas y la sonrisa en ellos, eran solo de ella. Sólo de ella.
Inclinándose, tomó la boca mágica con la suya en un beso profundo, de ensueño.
– Bien, eso esta lejos de ser nada.-
– Te amo.- Ella lo besó en las mejillas, un poco ásperas por el crecimiento de la barba durante la noche. -Tal vez porque eres tan guapo.-
Lo era, pensó, cuando el gato los interrumpió moviendo su cabeza bajo el brazo y metiéndose entre ellos. Los labios esculpidos, ojos agudos de hechicero, y los huesos definidos, todo ello enmarcado por la seda negra de su pelo. Cuando se añadía al conjunto, un cuerpo largo y desgarbado, hacía un maldito paquete perfecto.
El se las arregló para eludir el gato y atraerla hacia sí para darle otro beso, y luego siseó.
