
– Usted sabrá.
Riley cerró los dedos sobre la moneda que tenía en la mano y suspiró.
– ¿Dónde tengo que firmar?
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En la actualidad
No tardó en vestirse. Evitó la ropa interior de encaje, se puso la que solía llevar, más sencilla y práctica (y más cómoda), y buscó unos vaqueros y una camisa de algodón de tirantes. No se molestó en secarse el pelo corto: se lo peinó con los dedos y dejó que se secara solo.
Descalza, fue a la cocina y preparó café; luego rebuscó por ahí hasta que encontró unas aspirinas. Se las tragó en seco con una mueca y descubrió luego zumo de naranja en la nevera con el que eliminar su regusto amargo.
La nevera estaba bien surtida, lo cual le hizo levantar de nuevo las cejas. Normalmente compraba la comida fuera. No era muy dada a cocinar, como no fueran huevos y tostadas, o algún que otro filete.
El ruido de sus tripas le avisó de que hacía tiempo que no comía. Fue un alivio, en realidad, porque ello ofrecía una explicación lógica a la pregunta de por qué sus sentidos estaban tan embotados: su organismo no tenía el combustible necesario para funcionar a pleno rendimiento.
Era su singularidad particular; la mayoría de los agentes de la UCE podían hacer gala al menos de una de aquellas rarezas.
Riley se preparó un gran cuenco de cereales y se lo comió apoyada contra la isla de la cocina.
Tenía en todo momento el arma a mano.
Cuando acabó de comer, el café ya estaba listo. Llevó consigo su primera taza al acercarse a las ventanas que daban al mar y a la puerta de cristal que se abría a la terraza. No salió, pero abrió las contraventanas y se quedó allí de pie, bebiendo el café mientras observaba el Atlántico grisáceo, las dunas y la playa.
No se veía mucha actividad, y la que había estaba dispersa. Unas cuantas personas tendidas sobre toallas o tumbonas de playa, empapándose de sol. Un par de niños cerca de una pareja que tomaba el sol, construyendo con arena un edificio de forma singular. Una pareja paseando por la orilla mientras las olas menudas rompían alrededor de sus tobillos.
