Entre la casita de Riley y el agua, la playa estaba desierta. Allí, la gente solía respetar los límites de las playas de acceso privado, sobre todo en aquel extremo menos poblado de la pequeña isla, y si pagabas un ojo de la cara por estar en primera línea, normalmente podías disfrutar de tu pedacito de arena.

Riley regresó a la cocina en busca de su segunda taza de café. Tenía el ceño fruncido porque la cabeza seguía doliéndole a pesar de las aspirinas, la comida y la cafeína. Y porque seguía sin recordar qué había pasado, qué la había dejado cubierta de sangre seca.

– Maldita sea -masculló, reacia a hacer lo que sabía que debía hacer. Como les sucedía a casi todos los agentes de la UCE, Riley era una obsesa del control, y odiaba tener que reconocer ante los demás que una situación se le había ido de las manos. Pero innegablemente eso era lo que había sucedido.

Al menos, de momento.

Dejó su taza en la cocina y, con el arma todavía encima, buscó su móvil. Al final, lo encontró en un bolso deportivo. De un solo vistazo comprendió que el teléfono estaba muerto y bien muerto, cosa que aceptó con un suspiro de resignación. Encontró el cargador enchufado junto a un extremo de la encimera de la cocina y conectó el teléfono.

Había un teléfono fijo en ese mismo lado de la encimera y Riley lo miró mordiéndose el labio un momento, indecisa.

Mierda. En realidad, no podía hacer otra cosa.

Apuró su segunda taza de café, perfectamente consciente de que estaba perdiendo el tiempo y por fin hizo la llamada.

Cuando él contestó con un sucinto «Bishop», Riley se esforzó por que su voz sonara tranquila y natural.

– Hola, soy Riley. Parece que tengo un problemilla por aquí.

Hubo un largo silencio y luego Bishop, con voz extrañamente áspera, dijo:



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