Riley se había armado de valor antes de abrir el sobre, en parte porque el sentido común le decía lo que posiblemente iba a encontrar en él y en parte porque su sentido extra hormigueaba en señal de advertencia. En realidad, no había dejado de hormiguear desde la primera vez que Riley tocó el sobre, pero los años de vida disciplinada, especialmente en el ejército, le habían enseñado a concentrarse y precisar su atención, de forma que normalmente era capaz de sofocar las sensaciones que la distraían hasta que las necesitaba.

Hasta que estuviera preparada para concentrarse en lo que vería cuando vaciara el sobre encima de la mesa.

Copias, sí. Copias del infierno. Informes de autopsias…, y fotografías de autopsias. Instantáneas hechas en la escena del crimen. Y no sólo de un crimen, sino de media docena. Asesinatos de hombres que parecían jóvenes y ricos. Asesinatos brutales, crueles, sanguinarios y salvajes.

Sin necesidad de mirar los informes de las autopsias, Riley supo que los asesinatos habían tenido lugar en ciudades y pueblos distintos. Supo que todas las víctimas conocían a su asesino. Supo que sólo había un asesino.

Y supo también lo que pensaba hacer Bishop para atraparlo.

– Así que por eso yo -dijo para sí misma. ¿Un reto? Oh, sí, no había duda. El reto de toda una vida. Una prueba mortal de sus capacidades. De todas ellas.

Alargó el brazo lentamente y cogió el único objeto del sobre que no era una copia. Era una moneda de medio dólar. No tenía, aparentemente, nada de particular. Excepto que, al tocarla, Riley supo una cosa más.

Supo lo que ocurriría si rechazaba la invitación de Bishop.

Al final, no hubo mucho que pensar. Riley buscó la tarjeta con su número de móvil e hizo la llamada. No perdió el tiempo en cortesías cuando él contestó.

– No juega limpio -dijo.

– Yo no juego -contestó él.

– ¿Debería recordarlo para el futuro?



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