
Aquello debería haberla tranquilizado. Pero no fue así. Estaba cubierta de sangre, y no era suya. Lo cual planteaba un montón de preguntas inquietantes y potencialmente aterradoras.
¿Qué (o quién) se había desangrado sobre ella? ¿Qué había ocurrido? ¿Y por qué no se acordaba?
Riley miró la ropa amontonada en el suelo, miró su cuerpo, de un dorado pálido por el bronceado del verano, la piel intacta, salvo por la sangre seca de las manos y los antebrazos.
Los antebrazos. Por la razón que fuera, había estado literalmente metida hasta los codos en sangre. Cielo santo.
Haciendo caso omiso de lo que le habían enseñado (había que llamar a las autoridades locales antes de hacer cualquier otra cosa), Riley se metió en la ducha. Puso el agua lo más caliente que pudo soportar y usó jabón en abundancia para restregar la sangre seca. Utilizó un cepillo de uñas para llegar a los cercos oscuros de sangre de debajo de las uñas y se lavó el pelo al menos dos veces. Pero incluso después de tenerlo limpio, de estar toda ella limpia, se quedó debajo del agua caliente, dejando que le golpeara los hombros, el cuello, la cabeza dolorida.
¿Qué había ocurrido?
No tenía la más leve idea, y eso era lo peor. No guardaba absolutamente ningún recuerdo de cómo se había cubierto de sangre.
Recordaba muchas otras cosas. Casi todo lo importante, en realidad.
– Te llamas Riley Crane -masculló, intentando convencerse de que no pasaba nada grave-. Tienes treinta y dos años, vives sola y eres agente federal, destinada desde hace tres años a la Unidad de Crímenes Especiales.
Nombre, rango, número de serie, más o menos. Cosas de las que estaba segura.
No tenía amnesia. Sabía quién era. Hija de militar, con cuatro hermanos mayores, había crecido viajando por todo el mundo, tenía una educación rica y variada, una formación de espectro tan amplio que muy pocas mujeres podían alardear de nada semejante, y había sabido valerse por sí misma desde muy joven. Y sabía cuál era su lugar: el FBI, la UCE. De todo eso se acordaba.
