
Así pues, estaba allí por motivos de trabajo, tenía que ser eso. El problema era que no podía recordar en qué consistía su misión.
Abrió un cajón y al sacar un conjunto de braguita y sujetador de encaje, muy bonitos y sensuales, sintió que alzaba las cejas. Aquello no era en absoluto lo que solía ponerse, estaba obviamente nuevo y había más en el cajón. ¿A qué demonios se estaba dedicando allí?
Aquella pregunta resonó con más fuerza aún en su cabeza cuando descubrió también un liguero. Un liguero, por el amor de Dios.
– Dios mío, Bishop, ¿qué me has hecho hacer esta vez?
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Tres años antes
– Necesito alguien como usted en mi equipo. -Noah Bishop, jefe de la Unidad de Crímenes Especiales del FBI, podía ser persuasivo cuando quería. Y quería, no había duda.
Riley Crane le observaba con indecisión y recelo evidentes. Bishop, que conocía su pasado, lo comprendía y esperaba ambas cosas.
Era interesante, pensó. Físicamente no era en absoluto como esperaba: en cuanto a estatura, estaba un poco por debajo de la media y era menuda, casi frágil en apariencia. No daba la impresión de ser capaz de lanzar a un hombre el doble de grande que ella por encima de su hombro con muy poco esfuerzo visible. Tenía unos ojos grandes y grises, engañosamente infantiles, que miraban con inocencia desde una cara de elfo curiosa, enigmática e infinitamente memorable sin ser bella en modo alguno.
Era fascinante que una cara semejante perteneciera a un camaleón.
– ¿Por qué yo? -preguntó, directa al grano.
Bishop valoraba la franqueza y contestó con naturalidad.
– Aparte de las capacidades necesarias en una investigadora, posee dos habilidades únicas que espero sean de enorme utilidad en nuestro trabajo. Puede adaptarse a cualquier situación y ser quien quiera en cualquier momento dado, y tiene el don de la clarividencia.
