
Riley no se molestó en protestar. Se limitó a decir:
– Me gusta jugar a los disfraces. Jugar a la simulación. Cuando de pequeña vives con la imaginación, acaban por dársete bien esas cosas. En cuanto a lo otro, dado que no me esfuerzo por anunciarme, sino de hecho más bien lo contrario, ¿cómo lo ha averiguado?
– Mantengo la oreja pegada al suelo -contestó Bishop encogiéndose de hombros.
– No me basta con eso.
– Estoy creando una unidad en torno a agentes con capacidades paranormales y estos últimos años he pasado mucho tiempo…, tendiendo cables. Avisando discretamente a gente en la que confío, dentro de las fuerzas de seguridad y fuera de ellas, sobre la clase de agentes potenciales que necesito.
– Agentes con facultades paranormales.
– No con cualquier don. Necesito gente excepcionalmente fuerte que sepa controlar sus capacidades y afrontar las dificultades emocionales y psicológicas del trabajo que hacemos. -Señaló con la cabeza la escena que había tras ella-. Es evidente que usted puede afrontar el estrés extremo al que me refiero.
Riley miró hacia atrás, hacia el lugar donde el resto de su equipo trabajaba entre los escombros de lo que podía ser o no una explosión provocada. Las víctimas habían sido localizadas y sacadas en camillas o en bolsas para cadáveres, hacía horas. Ahora, un ejército de investigadores buscaba pruebas.
– No hace mucho tiempo que me dedico a esto -dijo Riley-. Tengo inclinación por la investigación, claro, pero en mi último trabajo me dedicaba a la seguridad en bases militares. Voy donde me mandan.
– Eso me ha dicho su jefe.
– ¿Ha hablado con él?
Bishop dudó sólo el tiempo justo para que ello fuera evidente; luego dijo:
– Fue él quien se puso en contacto conmigo.
– Entonces, ¿es una de esas personas de confianza de las que me ha hablado?
– Sí. El amigo de un amigo, más o menos. Y abierto a las posibilidades de lo paranormal, un rasgo poco común entre los militares. Sin ánimo de ofender, obviamente.
