
– No me ha ofendido. Obviamente. ¿Qué le dijo?
– Parece creer que se está desperdiciando su talento y que no puede ofrecerle la clase de retos que cree que necesita.
– ¿Eso dijo?
– Prácticamente sí. Tengo entendido que le queda muy poco tiempo, unas pocas semanas para volver a reincorporarse. O no.
– Soy militar de carrera -dijo ella.
– O no -respondió Bishop.
Riley sacudió ligeramente la cabeza y dijo:
– Así, de pronto, agente Bishop, no se me ocurre una sola razón para cambiar mi carrera militar por una en el FBI, por muy especializada que sea su unidad. Además, aunque tenga corazonadas de vez en cuando, eso nunca cambia el resultado de ninguna situación concreta.
– ¿No?
– No.
– Nosotros podemos ayudarla a aprender a canalizar y focalizar sus capacidades, y a usarlas de manera constructiva. Quizá le sorprenda lo mucho que eso puede cambiar las cosas…, en cualquier situación concreta.
Sin esperar respuesta, Bishop abrió el maletín que llevaba y extrajo un sobre grande y grueso de papel de estraza.
– Eche un vistazo a esto cuando tenga ocasión -dijo, entregándoselo-. Esta noche, mañana. Después, si le interesa, llámeme. Mi número está dentro.
– ¿Y si no me interesa?
– Todo lo que hay ahí dentro es una copia. Si no le interesa, destrúyalo y olvídese de ello. Pero yo apostaría a que le interesará. Así que voy a quedarme por aquí unos días, comandante. Sólo por si acaso.
Después de que Bishop se marchara, Riley se quedó con la mirada perdida largo rato, dándose golpecitos con el sobre en la mano pensativamente. Luego lo guardó en su coche y volvió al trabajo.
No fue hasta mucho más tarde, esa noche, estando sola en su pequeño apartamento fuera de la base, cuando descubrió que Bishop no le había dicho toda la verdad. En el sobre había algo que no era una copia.
