
Me mira furioso, moviendo la mandíbula adelante y atrás como una vaca que rumia el pasto. Increíble. Se lo está comiendo de verdad.
Las señoras charlan como colegialas, felizmente despreocupadas.
– Están aquí hasta el domingo -dice Doris-. Billy se ha acercado a preguntarlo.
– Sí, dos funciones el sábado y una el domingo. Randall y sus chicas me van a llevar mañana -dice Norma. Se gira hacia mí-: Jacob, ¿tú vas a ir?
Abro la boca para hablar, pero antes de que pueda hacerlo Doris interviene:
– ¿Y habéis visto los caballos? De verdad, qué bonitos. Cuando yo era pequeña teníamos caballos. Ah, cómo me gustaba montar -su mirada se pierde en la distancia, y por un instante me doy cuenta de lo hermosa que debió de ser de joven.
– ¿Os acordáis de cuando el circo viajaba en tren? -dice Hazel-. Los carteles aparecían unos días antes. ¡Y cubrían todas las superficies de la ciudad! ¡No se podía ver ni un ladrillo entre ellos!
– Claro que sí. Me acuerdo muy bien -dice Norma-. Un año pegaron unos carteles en la pared de nuestro granero. Los hombres le dijeron a mi padre que usaban una cola especial que se disolvería un par de días después del espectáculo, ¡pero os juro que aquellos carteles seguían pegados a la pared del granero meses después! -se ríe sacudiendo la cabeza-. ¡Mi padre se puso como una fiera!
– Y luego, unos días más tarde, llegaba el tren. Siempre al amanecer.
– Mi padre nos llevaba a la estación a verles descargar. Dios mío, aquello merecía la pena verse. ¡Y luego venía el desfile! Y el olor de los cacahuetes tostados…
– ¡Y de las garrapiñadas!
– ¡Y de las manzanas con caramelo, los helados y la limonada!
– ¡Y el serrín que se te metía por la nariz!
– Yo les llevaba el agua a los elefantes -dice McGuinty.
Dejo caer el tenedor y levanto la mirada. Es evidente que está henchido de orgullo y espera que las chicas se queden admiradas.
