
– No es verdad -digo.
Hay un momento de silencio.
– ¿Cómo has dicho? -pregunta.
– Tú no les llevabas agua a los elefantes.
– Por supuesto que sí.
– De eso nada.
– ¿Me estás llamando mentiroso? -dice con lentitud.
– Si dices que les llevabas agua a los elefantes, sí.
Las chicas me miran con la boca abierta. El corazón me late con fuerza. Sé que no debería hacer esto, pero no puedo controlarme.
– ¡Cómo te atreves! -McGuinty se aferra al borde de la mesa con sus manos sarmentosas. En sus antebrazos aparecen unos ligamentos tensos.
– Escucha, amigo -le digo-. Llevo décadas oyendo a viejos mamarrachos como tú decir que han llevado agua a los elefantes, y ahora yo te digo que no es verdad.
– ¿Viejo mamarracho? ¿Viejo mamarracho? -McGuinty se levanta con esfuerzo y empuja su silla de ruedas hacia atrás. Me señala con un dedo nudoso y se desploma como si le hubiera derrumbado una carga de dinamita. Desaparece bajo el canto de la mesa con los ojos perplejos y la boca abierta.
– ¡Enfermera! ¡Oh, enfermera! -gritan las ancianas damas.
Se escucha el rumor familiar de las suelas de crepé y unos instantes después dos enfermeras levantan a McGuinty de los brazos. Él farfulla, haciendo débiles esfuerzos por liberarse de ellas.
Una tercera enfermera, una neumática chica negra vestida de rosa pálido, se planta delante de la mesa con las manos en las caderas.
– ¿Qué demonios pasa aquí? -pregunta.
– Ese viejo H de P me ha llamado mentiroso -dice McGuinty sólidamente reinstaurado en su silla. Se arregla la camisa, levanta la barbilla entrecana y cruza los brazos delante de sí-. Y viejo mamarracho.
– Bah, estoy segura de que el señor Jankowski no quería decir eso -dice la chica de rosa.
– Sí que quería decir eso -digo yo-. Y lo es. Pfffff. Que les llevaba el agua a los elefantes… ¿Tienes la menor idea de la cantidad de agua que bebe un elefante?
