Y no es que no me gustara darme un último revolcón en la paja -sigo siendo un hombre y hay cosas que nunca cambian-, pero sólo de pensar en esos dulces granos estallando entre mis dientes se me hace la boca agua. Es una fantasía, ya lo sé. No va a pasar ninguna de las dos cosas. Pero me gusta sopesar las posibilidades como si me encontrara delante de Salomón: un último revolcón en la paja o una mazorca de maíz. Qué maravilloso dilema. A veces sustituyo el maíz por una manzana.

Todo el mundo, en todas las mesas, habla del circo. Es decir, los que pueden hablar. Los silenciosos, los de las caras inexpresivas y los miembros laxos y aquellos cuyas cabezas y manos tiemblan con demasiada violencia para sostener los cubiertos se sientan a los extremos acompañados de sanitarios que les dan pequeñas cantidades de comida a la boca y les convencen de que mastiquen. Me recuerdan a las crías de los pájaros, salvo por la absoluta falta de entusiasmo. Con la sola excepción de un ligero movimiento de las mandíbulas, sus caras permanecen inmóviles y aterradoramente inexpresivas. Aterradoras porque sé bien cuál es el camino que llevo. Todavía no estoy así, pero me voy acercando. Sólo hay una forma de evitarlo, y tampoco puedo decir que me encante esa alternativa.

La enfermera me aparca delante de la comida. A la salsa que cubre el pastel de carne ya se le ha formado una telilla. Pruebo a pincharla con el tenedor. Su superficie recupera la forma, burlándose de mí. Asqueado, levanto la mirada y encuentro los ojos de Joseph McGuinty.

Está sentado enfrente de mí; es un recién llegado, un intruso: un abogado jubilado de mandíbula cuadrada, nariz picada y orejas enormes y blandas. Las orejas me recuerdan a Rosie, pero nada más. Ella era un espíritu delicado y él… Bueno, él es un abogado jubilado. No logro imaginar qué pensaron que podrían tener en común un abogado y un veterinario, pero colocaron su silla de ruedas delante de mí la primera noche, y allí lleva desde entonces.



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