– Vaya, qué cosas -dice Norma frunciendo los labios y sacudiendo la cabeza-. Le aseguro que no entiendo lo que le ha dado, señor Jankowski.

Ah, vaya, vaya. O sea que así están las cosas.

– ¡Es un escándalo! -dice McGuinty inclinándose hacia Norma ahora que sabe que cuenta con el apoyo popular-. ¡No sé por qué voy a tener que soportar que me llamen mentiroso!

– Y viejo mamarracho -le recuerdo.

– ¡Señor Jankowski! -exclama la chica negra levantando la voz. Se pone detrás de mí y quita los frenos a mi silla de ruedas-. Me parece que tal vez debería pasar algún tiempo en su habitación. Hasta que se tranquilice.

– ¡Espere un momento! -grito mientras me aleja de la mesa y me empuja hacia la puerta-. No necesito tranquilizarme. ¡Y además, no he comido!

– Le llevaré su cena -me dice desde atrás.

– ¡No quiero cenar en mi cuarto! ¡Vuelva a llevarme al comedor! ¡No me puede hacer esto!

Pero parece que sí puede. Me empuja por el pasillo a la velocidad de la luz y gira bruscamente en mi habitación. Tira de los frenos con tanta fuerza que la silla entera tiembla.

– Voy a volver -digo mientras ella levanta los reposapiés.

– Ni se le ocurra hacer tal cosa -dice colocándomelos pies en el suelo.

– ¡No es justo! -digo elevando la voz hasta convertirla en un lamento-. Llevo toda la vida sentándome a esa mesa. Él sólo lleva aquí tres semanas. ¿Por qué se pone todo el mundo de su lado?

– Nadie se pone del lado de nadie -se inclina hacia delante y coloca su hombro debajo del mío. Cuando me levanta, mi cabeza descansa muy cerca de la suya. Tiene el cabello desrizado con productos químicos y huele a flores. Al dejarme sentado en el borde de la cama los ojos me quedan justo a la altura de su pecho rosa pálido. Y de la chapa con su nombre.

– Rosemary -digo.

– ¿Sí, señor Jankowski? -dice ella.



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