– ¿Cómo has dicho que te llamabas?

– Jacob Jankowski.

– Eres pelirrojo.

– Eso me han dicho.

– ¿De dónde eres?

Hago una pausa. ¿Soy de Norwich o de Ithaca? ¿Uno es de donde procede o de donde tiene sus raíces?

– De ningún sitio.

El rostro de Camel se endurece. Se balancea ligeramente sobre sus piernas flexionadas, arrojando una luz irregular de la lámpara vacilante.

– ¿Has hecho algo, chico? ¿Estás huyendo?

– No -digo-. Nada de eso.

Me observa sin pestañear un buen rato más y luego asiente con la cabeza.

– Muy bien. No es asunto mío. ¿Para dónde vas?

– No estoy seguro.

– ¿Estás sin trabajo?

– Sí, señor. Supongo que sí.

– No es ningún deshonor -dice-. ¿Qué sabes hacer?

– Casi todo -digo yo.

Grady se acerca con la jarra y se la pasa a Camel. La limpia con la manga y me la pasa.

– Toma. Pégale un lingotazo.

Bueno, no es que sea virgen en el alcohol, pero el whisky ilegal es otra historia. Me quema el pecho y la cabeza como si fuera el fuego del infierno. Recupero la respiración y contengo las lágrimas, mirando a Camel fijamente a los ojos a pesar de que mis pulmones amenazan con inflamarse.

Camel me observa y sacude despacio la cabeza.

– Llegaremos a Utica por la mañana. Allí te acompañaré a ver a Tío Al.

– ¿A quién? ¿Para qué?

– A Alan Bunkel, Jefe de Pista Sin Igual. Amo y Señor de los Universos Conocidos y Desconocidos.

Debo de tener cara de pasmado, porque Camel suelta una carcajada sin dientes.

– Chaval, no me digas que no te has dado cuenta.

– ¿Cuenta de qué? -pregunto.

– Increíble, chicos -exclama mirando a los demás-. ¡De verdad que no se ha dado cuenta!

Grady y Bill sonríen de medio lado. Sólo a Blackie parece no hacerle gracia. Me mira con odio y se baja el sombrero sobre la cara.

Camel se vuelve hacia mí, carraspea y habla lentamente, saboreando cada palabra.



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