
– ¿Por qué le llaman Joe el Loco?
– No lo sé exactamente -dice Camel. Se escarba dentro de las orejas y examina sus hallazgos-. Creo que pasó algún tiempo en el manicomio, pero no sé por qué. Y tampoco te sugeriría que lo preguntaras -se limpia el dedo en los pantalones y se dirige tranquilamente hacia la puerta.
«¡Bueno, vamos allá! -dice volviéndose a mirarme-. ¡No tenemos todo el día! -se apoya en el marco de la puerta y desciende con cuidado sobre la gravilla.
Me pego una última y violenta rascada a las piernas, me ato los zapatos y le sigo.
Nos encontramos junto a una gran explanada cubierta de hierba. Más allá se ven algunos edificios de ladrillo desperdigados, iluminados a contraluz por el resplandor previo al amanecer. Cientos de hombres desaseados y sin afeitar bajan del tren y lo rodean, como las hormigas al caramelo, maldiciendo, rascándose y encendiendo cigarrillos. Rampas y pasarelas caen al suelo con estrépito y yuntas de seis y ocho caballos se materializan de la nada y ocupan el terreno. Aparece un caballo tras otro, percherones de cola cortada que bajan las rampas con ruidosas pisadas resoplando y piafando, con sus arreos ya puestos. Unos hombres sujetan las puertas correderas a ambos lados de las rampas e impiden que los caballos se acerquen demasiado a los bordes.
Un grupo de hombres se acerca a nosotros con las cabezas gachas.
– Buenos días, Camel -dice el cabecilla según pasa a nuestro lado y sube al vagón. Los demás se suben detrás de él. Rodean un fardo de lona y lo llevan en vilo hacia la entrada, jadeando por el esfuerzo. Lo mueven más o menos cincuenta centímetros y cae levantando una nube de polvo.
