
– Buenos días, Will -dice Camel-. Oye, ¿tienes un pito para un anciano?
– Claro que sí -el hombre se incorpora y se tantea los bolsillos del pecho. Mete los dedos en uno de ellos y saca un cigarrillo torcido-. Es Bull Durham -dice mientras se estira para ofrecérselo-. Lo siento.
– La picadura me va bien -dice Camel-. Gracias, Will. Muy agradecido.
Will me señala con un pulgar.
– ¿Quién es ése?
– Un novato. Se llama Jacob Jankowski.
Will me mira y luego se gira y escupe por la puerta.
– ¿Cómo de nuevo? -dice sin dejar de dirigirse a Camel.
– Totalmente nuevo.
– ¿Ya le has colocado?
– No.
– Vale, pues has tenido suerte -se toca el sombrero mirándome-. No te duermas, chaval, si sabes lo que quiero decir -y desaparece en el interior.
– ¿Qué quiere decir? -pregunto, pero Camel se aleja. Acelero el paso para alcanzarle.
Ahora hay cientos de caballos entre los hombres desaseados. A primera vista la escena parece caótica, pero para cuando Camel enciende el cigarrillo se han formado varias docenas de equipos que se arriman a los vagones de plataforma y empiezan a empujar los carromatos hacia las pasarelas. En cuanto las ruedas delanteras de una carreta tocan la pendiente de madera, el hombre que tira de su eje se retira de su trayectoria de un salto. Y hace muy bien. La carreta, cargada con un gran peso, desciende la pasarela a toda velocidad y no se detiene hasta un par de metros más allá.
A la luz del día puedo ver lo que anoche no podía: las carretas están pintadas de escarlata, con rebordes dorados y ruedas con radios, y todas ostentan el nombre de EL ESPECTÁCULO MÁS DESLUMBRANTE DEL MUNDO DE LOS HERMANOS BENZINI. Tan pronto como se enganchan las yuntas a las carretas, los percherones tiran de sus arreos y arrastran sus pesados lastres por el terreno.
– Cuidado -dice Camel agarrándome del brazo y tirando de mí hacia él. Se sujeta el sombrero con la otra mano y aprisiona el cigarrillo entre los dientes.
