
Tres hombres a caballo pasan al galope. Giran y atraviesan el terreno a lo largo, luego recorren su perímetro y, finalmente, lo vuelven a atravesar en dirección contraria. El que va al mando mueve la cabeza de un lado al otro, examinando el terreno a fondo. Lleva las dos riendas con una mano y con la otra saca de una bolsa de cuero estacas con banderines que clava en la tierra.
– ¿Qué está haciendo? -pregunto.
– Delimitando el terreno -contesta Camel. Se detiene delante de un vagón de animales-. ¡Joe! ¡Eh, Joe!
Una cabeza se asoma por la puerta.
– Tengo aquí a un novatillo. Recién salido del cascarón. ¿Crees que te puede servir para algo?
Una figura desciende por la rampa. Se levanta el ala de su sombrero con una mano a la que le faltan tres dedos. Me estudia detenidamente, lanza por la boca una bola de oscuro jugo de tabaco y vuelve a entrar.
Camel me da unas palmaditas de felicitación en el brazo.
– Ya has sido aceptado, chaval.
– ¿Ah, sí?
– Sí. Ahora vete a palear mierda. Te veré más tarde.
El vagón de ganado es un caos inenarrable. Me pongo a trabajar con un chico llamado Charlie que tiene la cara suave como una niña. Ni siquiera le ha cambiado la voz. Después de haber sacado por la puerta a paletadas lo que parece una tonelada de estiércol, hago una pausa y contemplo toda la mierda que queda todavía.
– Pero ¿cuántos caballos meten aquí?
– Veintisiete.
– Dios. Deben de ir tan apretados que no podrán ni moverse.
– Ésa es la idea-dice Charlie-. Una vez que se ha subido el último caballo, ninguno de ellos puede bajarse.
De repente, las grupas de los caballos que vi anoche adquieren sentido.
Joe aparece en el umbral de la puerta.
– Ya han izado la bandera -gruñe.
Charlie suelta la pala y se dirige a la puerta.
– ¿Qué pasa? ¿Adónde vas? -pregunto.
