
En el parque que hay al final de la manzana se levanta una carpa de lona con anchas rayas blancas y magentas y una inconfundible cúpula puntiaguda…
El corazón me late tan fuerte que tengo que llevarme una mano al pecho.
– ¡Jacob! ¡Oh, Jacob! -grita Hazel-. ¡Dios mío! ¡Dios mío! -agita las manos sin saber qué hacer y se vuelve hacia el pasillo-: ¡Enfermera! ¡Enfermera! ¡Rápido! ¡Es el señor Jankowski!
– Estoy bien -digo tosiendo y dándome un golpe en el pecho. Eso es lo que pasa con estas ancianas. Siempre tienen miedo de que vayas a estirar la pata-. ¡Hazel! ¡Estoy bien!
Pero es demasiado tarde. Oigo el ñic-ñic-ñic de las suelas de goma y unos instantes después soy asaltado por las enfermeras. Supongo que, después de todo, no va a hacer falta que me preocupe por cómo voy a volver a la silla.
– Bueno, ¿y qué tenemos en el menú de hoy? -gruño mientras me llevan al comedor-. ¿Gachas? ¿Puré de guisantes? ¿Papilla? Ah, déjeme que lo adivine. Es tapioca, ¿verdad? ¿Es tapioca? ¿O esta noche nos toca arroz con leche?
– Ay, señor Jankowski, es usted tronchante -dice la enfermera sin expresión. Sabe muy bien que no hace falta que responda. Siendo viernes, hoy nos toca la nutritiva y nada interesante combinación de pastel de carne, maíz a la crema, puré de patatas instantáneo y una salsa que quizás haya visto un trozo de carne alguna vez en su vida. Y no entienden por qué pierdo peso.
Ya sé que algunos de los residentes no tienen dientes, pero yo sí, y quiero un buen asado. Como el de mi esposa, con sus rígidas hojas de laurel y todo. Quiero zanahorias. Quiero patatas hervidas con su piel. Y quiero un intenso y aromático cabernet sauvignon para bajarlo todo, no zumo de manzana envasado. Pero, sobre todas las cosas, quiero una mazorca de maíz.
A veces pienso que si tuviera que elegir entre una mazorca de maíz y hacer el amor con una mujer, elegiría el maíz.
